Conferencia de José Luis Campal, lleida nel Ateneo Jovellanos de Xixón el 15 de febreru.
JOSÉ LUIS CAMPAL ye escritor, filólogu y investigador. Llicenciáu en Lliteratura Española pola Universidá d'Uviéu. Especialista na obra d'Armando Palacio Valdés, autor al que dedicó la so tesina de llicenciatura, amás de numberosos artículos, ponencies y conferencies. Durante 1999 fizo los trabayos preliminares pa la puesta en funcionamientu del Centru d'Interpretación "Casa Natal de Palacio Valdés" del Ayuntamientu de Llaviana. Ye autor de los estudios introductorios de les reediciones de 4 obres d'esti escritor. Miembru del Real Institutu d'Estudios Asturianos (RIDEA). Miembru de la Sociedad de Literatura Española del Siglo XIX. Comisariu de les esposiciones bibliográfiques dedicaes a Ramón de Campoamor, Marta Portal, Alejandro Casona y "El Quijote" y Asturies, entamaes pola Conseyería de Cultura del Principáu d'Asturies. Publicó trabayos d'investigación sobre escritores del XIX y XX. Analizó la obra de lliteratos asturianos como Palacio Valdés, Pérez de Ayala, Adeflor, Luciano Castañón, Manuel Pilares, José León Delestal, Vital Aza, Clarín, Campoamor, Anselmo Vega, Joaquín Gómez Bas y un llongu etc. Participó como ponente en congresos internacionales dedicaos al estudiu de la lliteratura española de los dos últimos sieglos. Collaborador habitual de "La Voz de Asturias" y "El Comercio" y miembru del conseyu de redacción de la revista teatral "La Ratonera".

José Luis Campal (a la derecha), durante una intervención de so nel Salón d'Actos del Ateneo Jovellanos de Xixón.
Como escritor José Luis Campal tien publicao, ente más otres obres, los siguientes poemarios El ajedrez pirata, A tientas (Poema de la mina), Todo lo contrario, Escarabayos, El sacrificio del cielo, Memoria inconclusa del fueu,El xardín tapiáu y Les güelgues. Nos prósimos meses asoleyará na editorial de Lisboa Apenas Livros el so primer poemariu dafechamente escritu en portugués y tituláu "A paixão" ("La pasión").
PATRICIO ADÚRIZ, CRONISTA Y POETA
Tres lustros se han cumplido ya de la desaparición del investigador gijonés Patricio Adúriz Pérez, que, a mi entender y con permiso de sus antecesores en el cargo, consiguió erigirse en prototipo de las virtudes que deben adornar a un cronista oficial, y que pueden resumirse en: 1) trabajo indesmayable para recopilar con escrupulosidad datos y noticias; 2) amenidad en la transmisión del conocimiento; 3) ambición por no dejar de tratar ningún asunto de relevancia para la historia del concejo que lo ampara y 4) vocación reparadora de los errores y deslices legados y no enmendados por la tendencia que solemos tener los mortales de repetir las informaciones sin cotejar las correspondientes fuentes. De todo esto dio buena cuenta Patricio Adúriz, que parecía haber nacido para este oficio si la tarea de cronista así estuviera reconocida por la legislación laboral. Si a ello unimos que Adúriz no se guardó sus hallazgos, sino que los compartió con sus conciudadanos a través de las páginas del periódico durante más de veinticinco años, y que no se conformó con reincidir en lo ya sabido, sino que se desveló por hacer aportaciones inéditas y que, además, sirvió eficientemente a sus colegas facilitándoles cuantos materiales le eran solicitados y estaba de su mano la localización y obtención de los mismos, al tiempo que pacientemente aconsejaba y orientaba tanto a licenciados universitarios que preparaban sus tesinas y tesis doctorales como a los neófitos, tendremos en él extractado el perfil apetecido para el cronista oficial, aquel que encontró en Adúriz la horma que se ajustaba como un guante a las necesidades del municipio que lo nombró. La conjunción en una personalidad de las bondades del erudito útil le encaminó al cargo honorífico pero recompensador de tantos otros olvidos y, en él, lejos de relajarse, Adúriz amplificó su actividad indagadora y confirmó el buen ojo de quienes le habían elegido, porque, como ya en su momento señaló Carantoña, en Patricio Adúriz se compenetraban «continuidad y vocación». Los eslabones biográficos de Patricio Adúriz hay que emplazarlos entre dos fechas que acotan su andadura vital: la de su nacimiento en el gijonés barrio del Carmen el 12 de enero de 1927 y la de su fallecimiento, 65 años después, en el Hospital de Cabueñes otro día 12, pero del mes de octubre de 1982, a causa de una dolencia coronaria. Entre ambas, las publicaciones van ocupando un lugar preeminente, pues ya en los años cuarenta su nombre se asoma a las páginas del diario local Voluntad, donde ofrece sus tempranas muestras poéticas, una inclinación que no abandonará hasta prácticamente sus años finales. Tras cursar el Bachillerato en el Colegio Politécnico Asturiano –donde se hacía con casi todos los premios en los certámenes literarios que se organizaban para los escolares–, Adúriz fue becado por su Ayuntamiento para estudiar Filosofía y Letras en Madrid, de donde regresará ante la necesidad de hacerse cargo del negocio familiar, un taller de joyería, tras la muerte de su padre, Patricio Adúriz García (1902-1952).


La paciencia, exactitud y rigor que aplicará a su trabajo intelectual es probable que los haya adquirido ejerciendo ese oficio. En la capital española, Adúriz trabará contacto con señeras figuras de la literatura de posguerra como Alfonso Sastre, Medardo Fraile, Alfonso Paso o Juan Guerrero Zamora, con los cuales participa en la fundación del grupo Juventud Literaria, publicando una revista estudiantil llamada Raíz, de la que, según recuerda Alfonso Sastre, llegaron a sacarse unos pocos números y que dirigía Guerrero Zamora. Y pese a que sus comienzos parecen circunscribirlo a un territorio exclusivamente creativo, en el que quizá sus aspiraciones no se vieran acompañadas por la fortuna, lo cierto es que, con los años, las realizaciones que le valdrán el reconocimiento generalizado serán las relacionadas con el estudio de la historia y los personajes gijoneses, y que acogieron los rotativos asturianos La Voz de Asturias y El Comercio. También aparece su firma en publicaciones madrileñas como el periódico El Alcázar y las revistas Diana o La Estafeta Literaria, en la cual participó en septiembre de 1968 en un número extra dedicado al “Mapa literario de Asturias”, y donde publicó un trabajo titulado “Floresta de romances y canciones de Asturias”. La adscripción al mundo de la prensa de Adúriz podría decirse que repite en parte la trayectoria de un ascendente indirecto, su suegro José Manuel Lorenzo Fernández, fundador de la imprenta La Versal, colaborador, como él, de Voluntad y El Comercio bajo el seudónimo Fernández del Humedal y autor de opúsculos de mucha circulación entre los taurinófilos gijoneses como el titulado Corridas de toros celebradas en la plaza de Gijón desde su inauguración (año 1888) hasta el año 1932, así como de artículos periodísticos que se sitúan un poco en la órbita de sus preferencias, ya que, como nos recuerda el propio Adúriz, Lorenzo Fernández escribió sobre los festejos populares, sobre balnearios o sobre el porqué del callejero gijonés.

De su pluma y su constancia salieron centenares de pulcros trabajos donde nada se dejaba al azar o a la más ligera improvisación, entre artículos, conferencias (disertó sobre el general Riego en Tineo y sobre Alfonso Camín en Roces, el 5 de mayo de 1978, en los actos pro homenaje al poeta durante la Fiesta del Libro), libros, intervenciones en actos públicos o pregones, como los que pronunció, pongo por caso, en 1983 para abrir el Festival de la Sardina de Candás o, en 1986, en el Certamen del Quesu d’Afuega’l pitu, de La Foz de Morcín. Gracias a esta palmaria demostración de su capacidad de trabajo y de aptitud para dar el justo valor al dato recuperado e insertado allí donde más servicio hacía a la comprensión de la historia gijonesa, Adúriz logró que las instituciones recurrieran a sus numerosos saberes, acreditados por la rectitud y veteranía con que se desenvolvía a la hora de poner en limpio el resultado de sus indagaciones. Querrían seguramente aprovechar para su causa cultural el buen hacer, la prosa esclarecedora y la entrega incondicional de Adúriz a una ocupación que sin duda debía de apasionarle y absorberle. Por dicha razón, el 27 de junio de 1969 ingresó en el Instituto de Estudios Asturianos en calidad de miembro correspondiente, a la vista de su dedicación a los estudios de matriz asturianista. La candidatura de Adúriz fue presentada por José Miguel Caso, Pedro Hurlé y Luciano Castañón, y apoyada por el Centro de Iniciativas y Turismo y por los periódicos asturianos La Voz de Asturias, Voluntad, Región y El Comercio, diario este que el 5 de febrero de ese año defendía la nominación de Adúriz porque era «un hombre joven, con muchas posibilidades ante sí y, además, tiene el gran mérito de que todo lo que hoy puede aportar a través de su palmarés de asturianista ha sido conseguido tras mil sacrificios». Por su lado, Tomás Montero Entrialgo le improvisó esta chistosa cuarteta en La Voz de Asturias:
Patricio Adúriz Pérez, yes un perfechu vate,
un sabiu, un eruditu... ¡tenemos que tragate!
Dicen que van metete (y ojalá yo lo vea)
en aquel estitutu que lu llamen IDEA.
En el escrito donde se solicitaba su incorporación al IDEA, los proponentes señalaban que Adúriz era «una fuente continua de noticias y descubrimientos», además de «excelente poeta que maneja el verso con perfección clásica». Y se aducía, como mérito suplementario a tener en consideración, el alcance y acogida de sus trabajos periodísticos, para lo cual se aportaba una carta del redactor-jefe de El Comercio Eduardo García Marqués en la que indicaba que en el aumento de ventas del periódico habían influido «los artículos llenos de erudición» de Adúriz. Por análogos méritos a éstos va a ser propuesto para la vacante de cronista oficial de la villa, cargo que estaba sin cubrir desde la muerte del periodista Joaquín Alonso Bonet en 1975, y al que él llega el 30 de julio de 1982 durante el mandato del alcalde José Manuel Palacio, cuyo grupo político había propuesto su candidatura en marzo de aquel año. Fueron sus contrincantes para ocupar el cargo Hurlé y Castañón, que, curiosamente, habían sido los valedores de Adúriz al ingresar éste en el IDEA. No alcanzar el ansiado puesto honorífico le produjo a Castañón un gran disgusto que, unido al desaliento o desmoralización por otros sinsabores laborales, le llevaría a tomar la decisión de utilizar en algunos de sus artículos el seudónimo E.N.C.O.D.L.V., es decir, El No Cronista Oficial De La Villa, y a escribir en La Nueva España una parodia del proceso simbolizándolo en el nombramiento de un canonista medieval. El estreno de Adúriz como cronista oficial tuvo lugar el 6 de agosto con ocasión de la conmemoración anual con que se celebra el regreso de Jovellanos a su villa natal desde su destierro mallorquín en Bellver. En su alocución, Adúriz rememoró tres momentos de la biografía de Jovellanos: la aparición de una de sus piezas fundamentales, el Informe sobre la ley agraria; la rehabilitación del ilustrado por el Rey tras su destierro mallorquín y la muerte de Jovino en 1811. El flamante nuevo cronista remató su discurso declarando que «Gijón no sería lo que es si no hubiese sido por Jovellanos». No se acabarían ahí los reconocimientos: el centro territorial de TVE en Asturias contó con sus servicios como asesor histórico y, a partir de 1972, se le encomendó la dirección de la Hemeroteca de la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de Gijón, donde llevó a cabo una recuperación y sistematización del rico legado hemerográfico del que pasó a responsabilizarse, al concurrir en él, además, el hecho de que era propietario de una de las más interesantes bibliotecas asturianistas del momento, formada a lo largo de los años, con un importante fondo de partituras musicales y constituida, como recordaba Montero Entrialgo, por «libros, porfolios, folletos, legajos, postales, infolios, opúsculos y resto de obras de grande, medio y minúsculo empaque, nuevas o apolilladas, halladas en rebuscas y requisas amistosas, compradas, permutadas o prestadas». Tras su designación, Adúriz publicará dos contribuciones de carácter marinero que tienen nexo directo con la Cámara de Comercio que presidía Luis Adaro: una obra en colaboración con Bastián Faro, titulada El Puerto de Gijón (1981) y otra más en solitario, Miscelánea de la navegación gijonesa (1757-1913) (1983). Otra forma de testimoniarle la estima intelectual que despertaba le vino dada a Adúriz por los premios que cosechó: en su juventud obtuvo el premio de poesía San Fernando para Juventudes y en 1961 ganó el premio Gijón de música coral por “Noche de San Juan en Asturias”, sobre música de Juan Antonio Costa (compositor con el que colaboraría proporcionándole composiciones para ritmos más actuales como la del cha-cha-chá “Ilusionadamente”) y una letra suya de esencias tradicionales que comenzaba:
Pandereta de fuego
brilla la hoguera,
bailan mozas y mozos
en torno de ella.
¡Señor San Juan,
que las doce en el cielo
sonando están!
Igualmente, su labor investigadora se hizo acreedora de distinciones como el premio Ateneo Jovellanos, obtenido en dos ocasiones, 1971 y 1972, por dos extensos trabajos de neto gijonismo aparecidos en El Comercio y que versaban, uno, sobre la “Inauguración de la estatua de Jovellanos” (publicado por partes entre junio y julio de 1971) y el otro acerca de “Guillermo Schulz” (vio la luz entre mayo y junio del año siguiente). En 1988 logró el premio Adeflor, que otorgaba la Asociación de la Prensa de Gijón. Otros galardones más que sumó a su vitrina fueron, por ejemplo, el de la abadía de Cenero para temas históricos y el del Festival de la Manzana. La producción de Patricio Adúriz está jalonada por un conjunto de obras donde sobresalen, como les pasa a otros eminentes estudiosos gijoneses (y pienso en Carantoña o Luciano Castañón), las aportaciones referidas al ámbito pictórico: en 1970 reúne en Cuatro pintores asturianos el fruto de sus pesquisas sobre Nemesio Lavilla, Manuel Marola, Juan Martínez Abades y Manuel Medina; a los dos últimos consagrará después (1974 y 1977) otros rastreos y análisis. No termina ahí la nómina de artistas que su curiosidad escudriñará: en 1984 se ocupa del tomo decimosexto de la colección “Pintores asturianos” que patrocinaba el Banco Herrero, dedicado al examen de los pintores Concha Mori y Florentino Soria, y en los años 70 y 80 lo encontramos presentando catálogos de exposiciones de artistas plásticos como la de Mariano Moré en la galería Botticcelli, en 1972; la de Juan y Gonzalo Espolita en la sala Murillo, en 1974; la de Nicanor Piñole en la sala Tioda, en 1981, o las de Salvador Villaplana y Florentino Soria en Tioda, en 1987 y 1988, respectivamente. También participó como jurado en premios de pintura. Al lado de la pintura, los avatares sociales de Gijón le imantan y entonces da salida a sus exploraciones en torno al mundo de la radio (en 1983 publica Radio Emisora Gijón, para festejar el cincuentenario de la existencia de Radio Gijón), la prensa (se le confía la redacción del capítulo correspondiente a la historia de la prensa gijonesa en El libro de Gijón) o la literatura, con dos libros imprescindibles acerca del poeta Pachín de Melás, con motivo de cumplirse el primer centenario del nacimiento del autor bable y en los cuales desmenuza, con incontables aportaciones inéditas, los pormenores de la agitada vida del conocido dramaturgo costumbrista gijonés. Pero, aun siendo Gijón su centro de operaciones –y en ese particular su última obra, Crónica de la calle Corrida (1990), es una muestra de su capacidad de organización de materiales dispersos–, Adúriz no desestimó otros focos de atención, y en esa dirección hay que contabilizar su interés por el personaje de Roberto Frassinelli, “El alemán de Corao”, o su obra Evocación histórica de Llanes (1975), que ya ha pasado a formar parte, con total merecimiento, de la bibliografía de ese concejo del Oriente. Y si reparamos en las voces que redactó para la primera edición de la Gran Enciclopedia Asturiana (en el apéndice que de sus tomos se realizó en 1981, su nombre ya no figura entre los colaboradores) o en los artículos de largo aliento que fue facilitando todos los domingos en El Comercio desde que iniciara sus colaboraciones el 30 de octubre de 1966, el inventario de asuntos que le atrajeron resulta tan diverso como sugerente: entre octubre de 1966 y el mismo mes de 1967, Adúriz habla en sus escritos, por ejemplo, del profesor y radiofonista Gerardo Requejo, del puerto del Musel, de la dedicación literaria de Evaristo Valle, de los emigrantes asturamericanos, de cómo era el verano gijonés en 1894, del muro de San Lorenzo, de Alfonso Camín, de la estatua de Pelayo, de la visita a Gijón del conde de las Navas, del ingeniero Ignacio Patac, del saneamiento, del ilustrado José Caveda y Nava o del semanario local El Verano. Y sobre algunos temas su insistencia será continuada y casi obsesiva, como son sus incursiones en el mundo jovellanista (sus textos relativos al prócer gijonés pasan del medio centenar), y a veces, para espigar sobradamente todo cuanto quiere decir, va a necesitar no un artículo a página completa en el periódico, sino series de varias entregas. Las aficiones temáticas de Adúriz en sus últimos años alcanzaron asuntos cuando menos sorprendentes, como el esoterismo y la ufología. Adúriz aprovechó también el verso para hacer crónica de pintores y literatos. Se aplicó a ello desde la complicidad, expresando lo que su sensibilidad le dictaba y no sintiéndose atado a la gravedad del juicio académico. Si en sus artículos trató, pongo por caso, de pintores como Mariano Moré, Carolina del Castillo o Valle, y, entre los escritores, de Rosario de Acuña, Ataúlfo Friera, Clarín, Campoamor, Celso Amieva, Teodoro Cuesta, Palacio Valdés, Vital Aza, Adeflor o Pepín de Pría, entre muchísimas más personalidades del mundo cultural asturiano, no desatendió a algunas de ellas en sus composiciones poéticas. De Emilio Palacios, el dramaturgo de Linguateres, dijo en verso que «la espada de tu ingenio es de oro puro», y acerca de Jovellanos, que «fue suma de virtud y ciencia» y que «vivió con el alma ensimismada / en los problemas que su España encierra». Por lo que respecta a los pintores, así retrató al mierense Inocencio Urbina:
Eres raza. Te hiciste con sudores.
Tajo de tajos con el cielo abierto.
Desangrándote tú, tras el incierto
decir qué son motivos y colores.
En otras ocasiones, interpreta los lienzos de sus creadores favoritos, como sucede con un cuadro de Marola, a propósito del cual se involucra sentimentalmente en lo que está contemplando y escribe:
La fatal naranja de la luna llena
preside las noches de mis soledades.
Va el caballo quedo, tras de vaguedades
que rezuman ansias transidas de pena.
Y si bien Adúriz, que sepamos, nunca practicó el verso festivo y humorístico, cáustico y burlón, no desatendió al principal cultivador del género en el Gijón de principios del siglo XX, Luis Fernández Valdés, Ludi, de quien deshace el entuerto de su verdadera fecha de nacimiento (1885 y no 1880) y defiende que el de Ludi no es un seudónimo, sosteniendo que
existieron y existen nombres rarísimos. Ludovico es uno de ellos, y se corresponde, salvando las distancias, con el de Luis. Aquellos que le conocían no era raro que le llamasen Ludivici, y, abreviando, Ludi.
La poesía surgió en Adúriz antes que su prosa, y si escribió ésta con propiedad, corrección y soltura, hay que atribuírselo a su formación inicial como cultivador del verso. Por los textos a los que hemos tenido acceso, y exceptuando las letras que compuso para canciones y villancicos, cabe destacar dos etapas en su labor lírica, siempre sujeta a las exigencias de la rima: una primera juvenil, en la que explaya sus anhelos amorosos y da contorno a su vena creyente en cánticos religiosos a las figuras de la pasión cristiana, y una segunda, perteneciente a la edad adulta y en la que su decir ya ha madurado, integrada básicamente por sonetos autobiográficos, donde son notas comunes el desánimo y la hondura con que se evidencia su desvalimiento como hombre ante los embates y contratiempos de la vida. A pesar de una escritura continuada a lo largo de los años, Patricio Adúriz nunca publicó un solo libro de versos, lo que quizá hizo mella en su fuero interno, pues, a pesar de que algunos poemas han acusado el paso del tiempo, la serie de sonetos que redactó en los años 80 conformarían hoy un elocuente y dignísimo poemario si se imprimiera. A la vista de los papeles que dejó y que se conservan en el Muséu del Pueblu d’Asturies de Gijón, quien lo adquirió a los familiares del autor tras su fallecimiento, Adúriz debió de barajar la posibilidad de editar alguno, ya que dejó mecanografiada, y poco menos que lista para entrar en la imprenta, una reunión de sus composiciones de juventud bajo el rótulo de Abecedario de las paradojas. Igualmente, se conserva otra colección de poesías, menos compactas, piezas autógrafas datadas en Gijón entre agosto de 1945 y mayo de 1946 a las que puso por título Sonatinas y por subtítulo Versos del amor ingenuo. Sus composiciones religiosas tienen un armazón demasiado hierático y responden mayoritariamente a una temática mariana y cristológica; por tal razón, hallaron generoso hueco en las páginas de la prensa del Movimiento, que daba amplia cobertura a los asuntos católicos. En ellas aborda aspectos relativos a la Natividad o a la Semana Santa. En “Cabalgata regia” recrea el motivo de la adoración de los Reyes Magos:
Ya el oro le brindan aquellos tres magos
que portan de Persia presentes y halagos
sobre sus camellos de extraño perfil;
y al Dios oblacionan con místico incienso
que en lentas espiras de aromas intensos
le tejen corona sedosa y sutil.
Acerca de la pasión de Cristo nos topamos a éste en “Letanía” tratado como un ser doliente víctima del más común de los pecados humanos, la envidia:
El Maestro fue un lirio robado al alto cielo.
Su postrimer sonrisa fue de fraterno amparo,
que no en balde la envidia, sobre un leño sangriento,
le desgarró las carnes abriéndole los brazos.
En otro texto (“Estampa evangélica”) se dirige al personaje bíblico de tú a tú y subraya la resignación del Nazareno en el Vía Crucis:
Hay lágrimas en tus ojos
de congoja y agonía;
toda cubierta de abrojos
se encuentra la horrible vía
por la que vas desflorando
tu tibia sangre bermeja,
y sufres mucho, callando,
sin proferir una queja...
El segundo polo de atracción en los poemas juveniles de Adúriz se refiere a la belleza femenina, que ensalza en imágenes de inspiración modernista donde los sustantivos llevan siempre un refuerzo adjetivador. Observémoslo, si no, en los tercetos finales de “Escultural”:
Capullo primoroso y vacilante
al soplo de la brisa sonorosa
que a su paso te besa vergonzante.
Palabra comedida, candorosa,
que encierra la delicia apasionante
de un sí florido en labios color rosa.
Con el transcurrir de los años y al aminorarse la fogosidad biológica, los textos del poeta maceran mejor y ganan en calidad. En numerosos sonetos deja escapar una amarga desazón vital, causada por el desagradecimiento y la indiferencia. Como escribió José Manuel Gutiérrez, sucesor suyo al frente de la Hemeroteca de la Cámara de Comercio, el cronista «sintió como pocos el íntimo dolor de ver vacía en muchas ocasiones la palma extendida de su alma, aquella que reclama para el servicio prestado “una limosna de alegría espiritual”, una palabra, una sonrisa de comprensión, un gesto, una mirada, apenas nada». En el refugio poético que tantas veces les sirve de terapia a los creadores, Adúriz se reconoce como un ser íntimamente frustrado, tal vez al no haber visto cumplidas sus aspiraciones como poeta público, de forma que en 1984 escribirá
Cansado de luchar sin esperanza
trillo la mies madura del fracaso.
Sin embargo, este decaimiento anímico no se impone sólo en Adúriz al examinar éste el camino recorrido en la recta final de su existencia, ya que parecidas notas desgarradas las hallamos en el soneto que se compuso el día de su cuadragésimo cuarto cumpleaños, y por tanto cuando le resta aún mucho por vivir. Arranca del modo siguiente:
Hoy he cumplido cuarenta y cuatro años.
Con más pena que gloria y, desde luego,
sabiendo que me agoto y que me entrego
sin saber para qué. Me son extraños
los días que he vivido. Desengaños
los tuve a todas horas. Y me ciego
porque siento temor y cierto apego
al otro yo que alienta en mis redaños.
En esta época final la nota tierna sólo aflora cuando entra en escena la relación con su nieto Adrián, que aminoró su desencanto. Buen ejemplo de ello es la siguiente escena hogareña, de afable humanidad:
Que los dos nos vamos a la carrera
para así evitarnos la zapatilla.
Esa con que tu abuela nos mancilla
cuando nos la arroja contra la mollera.
El empleo del bable en sus composiciones lo redujo Adúriz a unas pocas muestras, concretamente a villancicos con los que felicitaba las Navidades a sus amigos y parientes.
Su opinión de nuestra lengua vernácula era inmejorable, como expresó en castellano en la siguiente estrofa:
Es el bable feliz apoyatura
que trasiega al presente ecos de antaño
con murmurios de esquilas en rebaño
y decires de rústica textura.
El soniquete donde se funde la sencillez popular con la elaborada factura literaria hace acto de presencia en el comienzo del siguiente villancico en dialecto asturiano:
Horrios. Tapinos, Pespuntes
del orbayu ena enramá.
El canxilón de la lluna
ta repletu de cuayá.
Cigoreyes y ñarbatos
van al debalu nel aire
que ye llenzu pal revuelu
del pincel de les sos ales.
El desafecto que Adúriz pudo experimentar en las esferas de su labor profesional se vio compensado por la cordialidad cariñosa que despertó en quienes le frecuentaron y que, como broche a este recorrido por su figura, quiero concretarlo en unas humildes y rudimentarias coplas que una mujer llamada Carmina Parugues Suárez, que había sido niñera del propio Adúriz, envió para la sección de “Cartas al director” de El Comercio a las dos semanas de la muerte del cronista y donde podía leerse lo que copio:
Nunca rabietas cogía,
sólo se enfadaba
cuando yo no le dormía.
Mi cuellín era pequeñu,
sólo catorce años tenía
cuando en esa casa servía
pero grande era el cariño
que a ese pequeñín tenía.